(pre)apocalipsis nietzscheano

En algún lugar en el campo: una granja, un carretero, su hija, una carreta y el viejo caballo. Afuera, una tormenta despiadada y violenta lo domina todo. The Turin Horse es el último trabajo que el cineasta húngaro Béla Tarr ha realizado junto a su mujer, Ágnes Hranitzky, quien firma como codirectora. La cinta llegaba a las pantallas el pasado fin de semana y como ha calificado Luis Martínez, del diario El Mundo, se trata de “una herramienta de expresión lanzada a los límites”. Un torbellino de emociones y alegorías implícitas, bien masticadas, que intentan representar el peso insoportable de la vida.

The Turin Horse está libremente inspirada en un episodio que marca el fin de la carrera del filósofo Friedrich Nietzsche. El 3 de enero de 1889, en la plaza Alberto de Turín, Nietzsche se lanzó llorando al cuello de un caballo agotado y maltratado por su cochero y, después, se desmayó. Desde entonces, dejó de escribir y se hundió en la locura y el mutismo. En una atmósfera preapocalíptica, se nos muestra la vida del cochero, su hija y el caballo. Es el trozo de historia que no nos contaron, lo que pasó con este último. Precisamente es este paralelismo o continuidad rota en espacio y tiempo entre los dos escenarios lo que permite al espectador sentirse cómplice de la historia desde su butaca.

Es una película lenta, muy lenta. Pero este parece ser el objetivo de Tarr. Desmenuzar la rutina a mendrugos, hasta el punto en que la existencia pierda su sentido y se ahogue irremediablemente en la oscuridad (y no desvelamos más). The Turin Horse es muy estética. La fotografía de Fred Kelemen es brutal; la música de Mihály Víg le gana la batalla al áspero sonido ambiental del viento.

En cuanto a contenido, está de sobra decir que se trata de una película desgarradora. Y no estamos acostumbrados a que se nos muestre este sufrimiento de una manera tan repetitiva, casi adoctrinadora, a través del personaje del padre. Los fotogramas pasan lentamente, sí, pero aún así no nos da tiempo a secarles las lágrimas. No hay casi diálogos, pero afuera se intuyen aires de cambio, se respira el caos. El nihilismo aparece como una sombra que sobrevuela la escena, y cuando se pronuncian frases como “Dios ha muerto” Nietzsche se asoma tras la puerta y nos guiña el ojo. Pero, a diferencia de algunos filmes, los protagonistas no encuentran amparo en su casa. Lo mejor para ellos será que se apague la luz.

By Marta Rosella