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the promised land, sueño americano truncado



Bruce Springsteen: We'll Walk in the Sun, de Eric Meola (1975)

                               Bruce Springsteen: We’ll Walk in the Sun, de Eric Meola

Hay un aspecto en el rock que siempre me ha seducido y que no he sabido encontrar nunca, al menos con la misma intensidad, en otros géneros musicales. Se trata de su tendencia a la mitificación, a la facilidad con la que se crean eminencias a las que seguir. De la sucesión de figuras de aires divinos que reclaman una profunda e innegable fascinación por parte del público. A menudo, deduzco que se trata del reflejo de un ideal: ver en ellos una disposición hacia el desenfreno y la diversión que la mayoría de mortales anhelamos y creemos no poder permitirnos. Pero tiene que haber algo más que el tópico “sexo, drogas y rock and roll”. Y es que opino que hay una chispa de admiración que encuentra su origen precisamente en la dualidad entre Dios y humano. La cercanía que establecemos con estos artistas, irónicamente producto de su estatus mediático, es infranqueable. A menudo nos encontramos con que la etiqueta de estrellita se la colgamos a la par nosotros y ellos mismos. Sus temas nos hablan directamente aunque pasen los años y tras tiempo en la cima, en el Olimpo musical, percibimos un agradecimiento hacia nosotros similar al encandilamiento que experimentamos hacia ellos.

Hoy hablaremos precisamente de uno de los grandes nombres del rock de las últimas décadas. Una de aquellas figuras que ha conseguido ganarse la admiración no solo de una gigantesca comunidad fan, sino del panorama musical en general. Se trata de Bruce Springsteen, conocido capitán de una de las bandas más longevas de los últimos años y rockero insaciable, de conciertos inacabables. Y hablaremos de The Promised Land, tema que muchos aseguran constituye un guiño de fascinación a la canción que lleva el mismo título de Chuck Berry, uno de los padres del rock & roll. The Promised Land forma parte de una de las diez canciones de Darkness on the Edge of Town (1978), el cuarto álbum de estudio de Springsteen. Su predecesor no es otro que Born to Run (1975), el primer disco de Bruce y la E Street Band que conseguía una publicidad masiva en las radio norteamericanas y que catapultaba al grupo hacia los años de éxito y fama internacional que vendrían a partir de aquel momento. Sin embargo, el álbum de 1978 es especialmente significativo dado que se le considera un punto de inflexión en la manera de hacer de “el jefe”: canciones más ligeras rítmica y musicalmente pero a su vez, mucho más pujantes en lo que a su temática y letras se refiere. La banda tomaba por vez primera una conciencia política y social reveladora en sus temas. Esta nueva actitud significaría el inicio de una hoja de ruta que les ha acompañado en toda su carrera musical posterior.

La magia de esta canción reside, entre otras cosas, en el romanticismo de su creación. Bruce Springsteen compuso The Promised Land en un viaje de carretera que el músico realizó en un coche de alquiler acompañado de Eric Meola, fotógrafo neoyorquino. Meola había sido el responsable de la sesión de fotos de promoción del álbum Born to Run, en las que aparecen esencialmente Springsteen y el fallecido Clarence Clemons. Las fotografías, además de convertirse en una de las muestras iconográficas más características de la E Street Band, significaron el inicio de una estrecha relación entre el fotógrafo y Bruce Springsteen durante unos cuantos años. En agosto de 1977, ambos recorrieron el desierto de Utah durante días en un Ford Galaxie prestado. Fue durante dicho trayecto que Bruce dio forma a The Promised Land. Este hecho se evidencia en la letra del tema, que empieza siendo una crónica de la ruta y desemboca en una reflexión mayor. Además, durante el viaje, Meola cimentó un extenso archivo de retratos de Bruce que acabaron por constituir algunas de las piezas más famosas de su colección profesional.

Retrato de Bruce Springsteen en Utah por E. Meola

                                          Darkness Sessions: My Father’s House, de E. Meola

The Promised Land – Bruce Springsteen
Darkness on the Edge of Town (1978)

On a rattlesnake speedway in the Utah desert
I pick up my money and head back into town.
Driving across the Waynesboro country line
I got the radio on and i’m just killing time.
Working all day in my daddy’s garage,
driving all night chasing some mirage.
Pretty soon, little girl, I’m gonna take charge!

Darkness Sessions: East of Eden de E. Meola

                                               Darkness Sessions: East of Eden, de E. Meola

Sin embargo, lo que empezamos concibiendo como un inocente relato de un viaje de carretera acaba por transfigurarse en un discurso de conciencia obrera. The Promised Land constituye uno de los grandes himnos políticos de Bruce Springsteen y la E Street Band: una plática acerca de la frustración de un sistema socio-político seguido pero, al fin y al cabo, dudosamente compartido. La letra de la canción nos habla de la impotencia de convertirse en adulto y entrever las carencias del modus vivendi proclamado. En definitiva, del truncamiento y embustería del fundado sueño americano. Aún así, The Promised Land, como bien comentábamos al principio, forma parte de un cambio de tendencia musical en el que Springsteen nos brinda temas ligeros y muy poco pretenciosos. Por ello, el músico norteamericano elabora dicho discurso siempre desde una perspectiva íntima y personal, sin pretender la elocuencia y la representación de un país entero, aunque seguramente muchos sintieran también suyas sus palabras. Él nos habla del sentimiento de hacer el bien en base a los ideales capitalistas establecidos: el trabajar cada día en jornadas interminables y sentirse a menudo ahogado, sin recompensa y siempre soñando con una tierra prometida que no logra aún divisar.

I’ve done my best to live the right way.
I get up every morning and go to work each day,
but your eyes go blind and your blood runs cold.
Sometimes I feel so weak I just want to explode;
explode and tear this whole town apart,
take a knife and cut this pain from my heart,
find somebody itching for something to start.
[…]
There’s a dark cloud rising from the desert floor.
I packed my bags and I’m heading straight into the storm.
Gonna be a twister to blow everything down
that ain’t got the faith to stand its ground.
Blow away the dreams that tear you apart,
blow away the dreams that break your heart
blow away the lies that leave you nothing but lost and brokenhearted.
[…]
And I believe in a promised land…

La actitud reivindicativa y presencia política en sus canciones no hacía más que empezar. Y si hay un punto álgido en la implicación social de Springsteen en relación a su país es seguramente a raíz de su tema más mítico: Born in the U.S.A. Con la estatua de la libertad de fondo, Ronald Reagan aprovechaba dicha canción en un mitin para su re-elección presidencial. Fue en Nueva Jersey, ciudad natal de el Boss. El ex – presidente utilizó al cantante como símbolo idóneo de la cultura americana y a Born in the U.S.A. como un himno patriótico prácticamente al nivel del The Star – Spangled Banner. Lo que Reagan no sabía es que, como muchos han hecho a lo largo de los años, confundía totalmente las intenciones de la canción de Springsteen. Lejos de ser un himno nacional, se trataba de una declaración prácticamente irónica y burleta: un rechazo a la nación y momento en que le había tocado vivir. Bruce Springsteen nació pocos años antes del inicio de la Guerra de Vietnam y fue cuestión de meses que no tuviera que ir a defender a su patria rifle en mano. Born in the U.S.A. es una crítica a la intervención militar de Estados Unidos y si alguien lo considera un himno, seguramente debería vincularlo al pacifismo y no a Norteamérica. Así lo declaró en su día el propio autor después del episodio de Reagan: “Si la canción no fue bien comprendida, los únicos que no la comprendieron fueron los republicanos”. A su vez, habló de la posibilidad de una ambigüedad en la letra del tema: “No es que a esas personas no les hayan enseñado a pensar, es que no les han enseñado a pensar lo bastante a fondo. Quiero decir que ‘Born in the U.S.A.’ no es ambigua. Solo tienes que escuchar la letra”.

La implicación política de “el jefe” ha seguido vigente hasta día de hoy, treinta y tres años más tarde del malentendido con Reagan. A nivel popular, muchos le han bautizado como la mascota del partido demócrata. Especialmente en la última década, desde que en 2004 decidiera formar parte del tour “Vote for Change” de John Kerry y repitiera acción más tarde con otros líderes como Barack Obama. Por lo que hace a la letra de sus canciones, a menudo sus temas con la E Street Band han seguido pretendiendo devenir cánticos de justicia política y social desde un punto de vista modesto e íntimo como lo hiciera con The Promised Land. Uno de los ejemplos más recientes, y a la vez comprometidos, lo encontramos en el tema American Skin (41 Shots) de su álbum High Hopes (2001). Dicho tema fue compuesto a raíz del asesinato de Amadou Diallo, un joven guineano desarmado que murió en manos de la policía de Nueva York al recibir cuarenta y un balazos en 1999. Aunque la canción no fue especialmente popular en el momento de su publicación, la E Street Band la aporreó durante meses en sus conciertos e, incluso, decidió recuperarla y realizar una nueva versión años más tarde en consecuencia del sonado caso de asesinato de Trayvon Martin en 2012.

A diferencia de otras grandes figuras reivindicativas del rock, no hay que dejar de lado la profunda fe religiosa de Springsteen, que muchas veces acompaña y pretende engrandecer su discurso político. Y, de hecho, la canción que hoy tratamos es uno de los ejemplos más patentes de ello. Bruce Springsteen fue educado en un entorno potencialmente católico del que durante muchos años de infancia y juventud pretendió escabullirse moderadamente. Este año pasado, a sus sesenta y siete años, ha publicado sus memorias bajo el título de uno de sus álbumes sello: Born to Run. En él, escribe: “Encontré los orígenes de mi canción en el mundo católico y descubrí en él una tierra de gran y escabrosa belleza, historias fantásticas, castigos inimaginables y recompensa infinita. La fe católica ha estado junto a mí como un sueño en vigilia durante toda mi vida”. A lo que añade: “De joven adulto, traté de darle sentido a todo ese mundo y a día de hoy, tengo una relación ‘personal’ con Jesucristo en la que creo profundamente en su amor y en su capacidad de salvarnos”. Por ello, no cabe obviar que el discurso reivindicativo o de queja de los temas de la E Street Band pasa por una creencia absoluta de su autor en aspectos como la redención, la condena, el paraíso, el pecado o la salvación. Y que, de hecho, la tierra prometida en The Promised Land ya no es únicamente una plática contra el sueño americano o el sistema capitalista, sino también una referencia directa a la Tierra de Israel: a aquello prometido a cambio de una vida de sacrificio basado en la ética y moral religiosa.

Pese a su trasfondo católico, lo que muchos vienen lamentando desde hace tiempo de las reivindicaciones de clase obrera del Boss es su persistencia. Se considera que sus orígenes humildes permitían en sus inicios la construcción de un discurso proletario pero que, a día de hoy, tras años de éxito y reconocimiento mundial, dicha imagen de protesta y lucha resulta hipócrita e incluso ridícula. Cierto es que son innegables los privilegios que la situación social y económica de Bruce Springsteen le otorgan y que de manera muy distinta debe sentir ahora las palabras de The Promised Land en comparación a como las percibía en 1978. Pero como bien comentábamos al inicio del artículo, precisamente en este hecho reside a veces la magia de los grandes mitos del rock. En tener la sensación, ni que sea de vez en cuando, de que son capaces de descender de los terrenos celestiales y aproximarse a nosotros. Acercarse a nuestras preocupaciones cotidianas, a los apretones de tuerca que el sistema nos suministra y a la intranquila y voraz espera de la tierra prometida. T: Núria Sanz

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