No hay mejor manera humana de escapar a la devoción que cargársela. Matar al ídolo. Enterrarlo, pisotearlo y hacerlo saber a todo el mundo. Hacer del desencanto pura conciencia. Asistir al mausoleo de tus propios infiernos y desesterilizarlos. Amar, temer y partirle la cara. Escribir un libro como el que Luc Sante entrega a Libros del K.O., probablemente el mejor título que haya publicado la joven editorial hasta la fecha: Mata a Tus Ídolos. Allí, Sante se dispone a coger cuchillo jamonero y una toalla para limpiar el suelo con todo el compilado de restos de la cultura americana del siglo XX: desde Dylan a Mapplethorpe, de Rimbaud a Víctor Hugo. Una auténtica masacre fuera de la contracultura a la cultura popular que, un día (sólo uno), fue underground y vestía bonitos trajes. O la memoria histórica que deberíamos haber aplicado con Franco.
Sante, emigrante belga a los Estados Unidos cuando aún no sabía leer ni escribir (es decir, cuando era pequeño: a las pruebas nos remitimos que no se trata de un analfabeto rehabilitado) se dispone a rebuscar en las catacumbas de la cultura popular norteamericana más snob, frívola, histórica, mítica, amada y vanagloriada durante décadas y se caga en ella. Se caga con caca y con tinta. Actúa como un blogger inconformista o como cualquiera de nosotros cuando, vía Facebook o Twitter, nos disponemos a transformarnos en agitadores por un minuto y, si cuela, que nos contrate Público o Vice para escribir una columna semanal sobre lo mal que se comporta el gen cultural en los tiempos que corren. La realidad es que, en el caso de Luc Sante, motivos no le sobran: para cargarse Woodstock, para desprestigiar a Walker Evans, para desarmar y desmitificar la invención del blues, para gritar a diestro y siniestro su odio por la Navidad (una suerte de Grinch 2.0) o meterse en el armario de James L. Ford y desgranarnos algunos porqués (sobre todo aquel que esconde el seudónimo dope, con el que se lo bautizó) pero, sin duda, el autobiográfico pasaje de El Molde, su afán por recorrer vía jardinería aprensiva la ciudad de Nueva York o la post-elegía creada a partir del boom del Wisconsin Death Trip de Michael Lesy son los pasajes más kamikazes y descarados. La vida por el documento. Y el elemento. T: Alan Queipo.






















