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Miércoles, noviembre 30th, 2016 | T: lamono

Somos lo más valioso que tenemos, ya que si no existiéramos, todo lo que nos rodea tampoco lo haría. Hay una parte de nosotros en todo lo que hacemos. Aun así, no somos nada sin alguien que marque nuestras pautas. Alguien que nos haga reaccionar, nos haga enfadar, nos haga reír, nos decepcione o nos enamore. Creemos que somos uno pero en realidad somos muchos. Y al igual que en la vida, en cada pieza de un artista, aparte de su mundo, hay aquel de los que hacen que se agite, por la razón que sea. Muchos artistas han dedicado sus obras a personas que, por lo bueno o por lo malo, han cambiado algo en su interior. Hemos hecho un recorrido por algunas de estas piezas. T: Vicky Navarro

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portada

En septiembre de 1925, Frida Kahlo sufría el trágico accidente que cambiaría su vida. El autobús en el que viajaba era arrollado por un tranvía, dejando su columna vertebral fracturada en tres partes, así como fracturas en costillas, clavícula, hueso púbico y otras partes del cuerpo. Regresaba de la escuela acompañada de su novio de entonces, Alejandro Gómez Arias. A raíz de este suceso, quedaría postrada en su cama durante largos períodos, y así es como empezó a centrarse en la pintura: “El accidente afectó mi carrera de manera positiva y negativa. Durante esos meses mi cuerpo estaba tapado con un yeso y dibujaba en él hasta que no tuve espacio, entonces mi padre me compró un caballete y brochas para pintar y mi carrera comenzó. Fue negativo porque estuve en cama mucho tiempo y mi cuerpo está débil por ello”, afirmaba.

Fue un año más tarde, en septiembre de 1926, cuando pintaría su primer autorretrato al óleo, titulado ‘Autorretrato con traje de terciopelo’, que dedicaría a Alejandro Gómez Arias. Él había roto la relación tras el accidente pero Frida quería recuperarlo y le entregó la obra como prueba de amor. Detrás del lienzo, aparece la frase “Hoy es siempre todavía” escrita en alemán. El gesto daría sus frutos, ya que se reconciliaron, pero su relación se topó con un nuevo obstáculo meses más tarde, cuando los padres de Alejandro lo enviaron a Europa para separarle de su enamorada, a quien no aprobaban. Antes de irse, Alejandro le devolvió el cuadro a Frida. Pero fue con este cuadro, oscuro y sobrio, con el que emprendería la dinámica que marcaría el resto de su obra, una extensión más de su existencia: “Mi pintura lleva con ella el mensaje del dolor. La pintura completa mi vida”.

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‘Autorretrato con traje de terciopelo’ (1926), de Frida Kahlo

Un poco antes de que todo esto sucediera, a finales del siglo XIX, otro gran artista tuvo que pasar por una tragedia para que todo lo que llevaba dentro saliera expresado en forma de arte. Fue cuando perdió a su padre y a su hermano, que Gustav Klimt decidió despojarse de todo lo que había aprendido hasta el momento en la escuela de arte para perseguir un estilo libre y personal. A raíz de esos acontecimientos conoció también a la que sería su musa y compañera incondicional: Emilie Flöge. Cuñada de su difunto hermano y reconocida diseñadora de moda, Emilie vestía a las aristócratas de Viena desde la tienda en la que trabajaba junto a su hermana, que era la propietaria. Su particular estilo bohemio y su carácter rebelde y liberal hicieron que se convirtiera en una diseñadora incomprendida por muchos en esa época, excepto por Klimt, que se convirtió en su cómplice y plasmó diseños suyos en sus obras.

Se dice que fueron amantes y que la obra más conocida de Gustav Klimt, ‘El beso’ (1907-08), representa a la pareja, pero esto nunca se ha confirmado. Lo que sí es seguro es que el pintor austríaco realizó varios retratos de su fiel amiga, entre ellos el de 1902, en el que ella aparece con un largo vestido azul. Cuando Klimt falleció, a la diseñadora se le agotó la inspiración.

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Retrato de Emilie Flöge (1902), por Gustav Klimt

Y cuando hablamos de musas y amantes es imprescindible mencionar a Gala Éluard Dalí. Ella fue la musa por excelencia, y no solamente de Salvador Dalí, quien quedó completamente fascinado por su personalidad y su carisma. Más aún, la tenía idealizada como figura perfecta o como una especie de divinidad. Pasaron cincuenta años juntos y es probable que sin Gala no hubiera existido el Salvador Dalí que conocemos. Su relación era algo extremo y a través de este amor, el artista llegaba a alcanzar el éxtasis místico. Gala aparece representada en sus cuadros de forma casi obsesiva. Como decía él mismo: “Me trajo el raro libro de magia que debía nutrir mi magia, el documento histórico que probaba irrefutablemente mi tesis cuando estaba en proceso de elaboración, la imagen paranoica que mi subconsciente deseaba, la fotografía de una pintura desconocida destinada a revelar un nuevo enigma estético”.

Todo empezó en el verano de 1929, en que Gala y su esposo de entonces, el poeta Paul Éluard, llegaron a Cadaqués de visita y Dalí les haría de guía. Desde aquél momento pasarían muchas cosas y, aunque se ha dicho que la rusa influyó negativamente en la trayectoria del pintor surrealista y su relación amorosa les alejaría de sus respectivas familias, es innegable que en el terreno del arte Gala era la gran fuente de inspiración de Dalí. Eran dos seres indivisibles, cuyas existencias se completaban la una a la otra. “A través de ella yo estuve en comunión con el llanto de la vida”, dijo una vez Salvador Dalí.

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‘Leda Atómica’ (1949), de Salvador Dalí

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una musa tiene que existir y vivir para poder ser en el otro

Por naturaleza, el artista es una persona sensible, que necesita expresar sus temores, pasiones y preocupaciones. De ahí, que el amor fuera crucial en la obra de muchos de los pintores más reconocidos. Picasso amaba a las mujeres y disfrutaba pintándolas; fueron su inspiración hasta el fin de sus días. A los 73 años conoció a Sylvette, de 19, y se enamoró de ella. El cortejo era tan evidente que ella rechazó posar para el artista malagueño pero, aun así, él realizó hasta 40 retratos de la joven. Le regaló uno y le dejó elegir el que quisiera.

Amedeo Modigliani fue otro encantador de mujeres pero hay una en especial que marcó su trayectoria. En 1910 conoció a la poeta rusa Anna Akhmatova durante su viaje de luna de miel en París. En seguida sintieron una fuerte conexión y se hicieron inseparables. Mientras su marido quedaba con viejos amigos, Anna iba a visitar al artista italiano para dar largos paseos por el parque y recitar poemas. Cautivado por la extraordinaria belleza y la nobleza de su amiga rusa, Modigliani la retrató 16 veces, representándola como a una especie de diosa egipcia. Sentía fascinación por el arte egipcio y en ella veía reflejados todos los atributos de las mujeres de aquella época. Cuando la observaba absorbía lo que veía y después, en la soledad de su casa, la dibujaba. Necesitaba cierto distanciamiento, para poder plasmar en sus dibujos lo que sentía hacia ella.

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Anna Akhmatova (1911), por Amedeo Modigliani

Amor en todas sus formas, edades e intensidades, brotando vehementemente. Pura adoración, fuertes atracciones que perdurarán en el tiempo. Como la que sentía Ramón Casas por su joven esposa Júlia Peraire (22 años menor que él), o James Abbott McNeill Whistler por su amante Joanna Hiffernan, retratada en su cuadro ‘La dama blanca’ (1861-62). Así como el cordobés Julio Romero de Torres por su musa gitana, Amalia Fernádez Heredia, a quien pintó en más de 20 ocasiones.

Pero el amor pasional no es el único que lleva a grandes artistas a retratar a sus seres queridos. Bien sabido es que Francis Bacon y Lucian Freud eran inseparables y que ambos se habían retratado el uno al otro en varias ocasiones. De hecho, una de las obras más icónicas de Bacon, un tríptico dedicado a su amigo, fue vendido en 2013 por 142 millones de dólares, convirtiéndose en la pintura más cara jamás subastada. ‘Tres estudios de Lucian Freud’ (1969) es el título de la obra que reúne a dos de los principales nombres de la pintura figurativa del siglo XX. De ahí que su relación, por muy amigos que fueran, no estuviera exenta de rivalidad. Su vínculo era artístico y temperamental y aunque pasaron media vida juntos, al final su amistad acabó disolviéndose por una falta de admiración por el trabajo posterior de cada uno.

This undated photo provided by Christie's shows "Three Studies of Lucian Freud," a triptych by Francis Bacon of his friend and artist Lucian Freud. The painting is being offered Tuesday evening, Nov. 12, 2013, at Christie’s postwar and contemporary sale in New York where it is poised to topple the $86 million auction record for the British artist. (AP Photo/Christie’s)

‘Tres estudios de Lucien Freud’ (1969), de Francis Bacon

Y es que las relaciones humanas son las más intensas, las que más aportan, y al mismo tiempo, las más pasajeras y difíciles de conservar. Por eso, artistas como el norteamericano Richard Tuttle deciden dedicar su arte a elementos más abstractos (pero igual de vivos) como por ejemplo el cielo nocturno de Lima, con su primera exposición en Perú. Porque una musa tiene que existir y vivir para poder ser en el otro y el firmamento siempre va estar donde tú estés.

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Sylvette David (1954), por Pablo Picasso

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Sylvette y Picasso

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Júlia Peraire, por Ramón Casas

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Harry Diamond, Francis Bacon y Lucian Freud, 1974. © National Portrait Gallery, London

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