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#lamonoINSIGHTS: cuando la depresión y la creatividad van de la mano



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Ren Hang

Hace algunos días el mundo perdió a un gran artista. Ren Hang, uno de los fotógrafos más reconocidos del mundo, decidió quitarse la vida poco antes de cumplir los treinta años. Su obra, provocativa y explícita, representaba la libertad en su máxima expresión, pero aquella libertad era ajena a su ser, donde era prisionero de una depresión con la cual tuvo que batallar durante toda su vida y que alcanzó a documentar en su página web, a través de poemas como éste, publicado el 16 de julio del 2014 (traducción del chino al castellano a través de Google Translate).

La vida de hecho es un

Regalo precioso

Pero a menudo siento

Ha sido enviado al hombre equivocado

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© Ren Hang

Hang no es el primer artista que decide quitarse la vida, por el contrario, hace parte de un numeroso colectivo que ha recurrido al suicidio como vía de escape. Kurt Cobain, Ernest Hemingway, Hunter S. Thompson, Vincent Van Gogh, Sylvia Plath, la lista podría continuar de manera interminable, como si la creatividad siempre viniese acompañada por un halo oscuro de infelicidad. Es difícil entender dicho vínculo que existe entre el genio de los artistas y enfermedades mentales como la depresión, la ansiedad y la locura, tanto así, que durante años psiquiatras y psicólogos se han dado a la tarea de explorarlo. Muchos estudios han surgido al respecto, pero al fin y al cabo, ninguna conclusión es determinante.

Image from the collections of the Massachusetts Historical Society.

Marian Hopper Adams © Massachusetts Historical Society

Hoy, en #lamonoINSIGHTS hemos decidido retroceder en el tiempo para conocer otros casos como el de Hang; fotógrafos que han acabado con su vida, dejando tras de sí un legado que supera la cruda manera en la cual acabaron con su vida, mas no ajeno a ésta. Uno de los primeros casos fue el de Marian “Clover” Hopper Adams, una de las primeras fotógrafas de retratos. Nacida en 1843 en Boston, Massachussets, dentro del seno de una familia adinerada, su carrera fotográfica se inició en 1883. Sus capturas, las cuales revelan un ojo extraordinario, consisten de retratos formales e informales de políticos, amigos y familiares, además de paisajes de ciudades como Washington, Bladensburg y Maryland. Su obra ofrece una mirada sin igual a la sociedad americana del siglo XIX y el lugar de la mujer en ella. A pesar de que su trabajo era admirado en gran medida, su marido, el historiador Henry Adams, nunca le ofreció el apoyo necesario para que éste fuese publicado. Aun así, según los escritos de Adams, la vida de la pareja era bastante estable y feliz; él se declaraba absolutamente enamorado de su mujer, mientras que enaltecía la devoción de ella hacia él. Aunque su carrera fotográfica empezó algo tarde en su vida, cuando ya tenía 40 años, no existe registro alguno que documente por qué decidió dedicarse a esta práctica; sin embargo, entre sus diarios, cuadernos de notas y demás textos que quedaron junto a sus imágenes, se descubre una mujer sumamente inteligente y con un gran sentido del humor.

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© Marian Hopper Adams

Marian fue criada por su padre, Robert William Hopper, quien se hizo cargo de ella y sus dos hermanos mayores después de que la madre muriese en 1948, cuando Marian tenía tan solo cinco años. Esto hizo que la relación entre los dos fuese sumamente estrecha. Es por esta razón que se especula que la muerte de Robert, el 15 de abril de 1885, fue el hecho que desencadenó en el suicidio de su hija. Tras este desdichado evento, Marian se sumió en una profunda depresión, la cual la llevó a utilizar los químicos con los cuales revelaba sus fotos para acabar con su vida. Ella fue una de las pioneras en cuanto a impresión y revelado de fotografías, explorando a fondo la técnica de la platinotipia, y aunque su muerte en un principio fue determinada como accidental, después de un tiempo se descubrió que se suicidó al ingerir cianuro de potasio, uno de los químicos empleados en dicho proceso. De cierta manera su muerte pasó a ser parte de su obra.

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© Pierre Molinier

Pierre Molinier comenzó su carrera artística a los 18 años, mientras vivía en Burdeos, primero como pintor y luego como fotógrafo. Su temática principal fue el erotismo, a través del cual exploró su homosexualidad y transvestismo. Un tío andrógino, pionero del body art y la fotografía sadomasoquista. La gran mayoría de su obra fotográfica se trata de autorretratos en los cuales aparece vestido como mujer en situaciones altamente sexuales. Nacido el 13 de abril de 1900, no fue sino hasta los años sesenta que se adentró en este campo, vestido con tacones, medias de red, un corsé ajustado a su cintura, un velo sobre su cara y una máscara negra. En muchas de sus capturas aparece introduciendo objetos en su ano; sin duda vivió en plenitud la violencia y las obsesiones sexuales con las cuales muchos de sus amigos surrealistas tan solo podían soñar.

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© Pierre Molinier

Conoció a André Breton en 1956, y para 1959 ya era parte del grupo de Surrealistas liderado por Dalí. Fue justo por esta época cuando, ayudado por un control remoto con el cual podía capturar las imágenes mientras estaba frente a la cámara, posó para sí mismo como pocas personas lo han hecho. En las imágenes adopta el papel de dominatriz y súcuba, dos personajes que ya había tratado en sus pinturas. Su ingenio no conocía límites, e incluso hay quienes aseguran que se inventó un mecanismo para poder darse a sí mismo el placer del sexo oral. A través de su obra logró incitar el debate de dónde yace la línea entre el arte erótico y la pornografía. Este artista siempre quiso causar conmoción con sus obras, invitando a la audiencia a ofrecer su propia respuesta antes la imagen expuesta. “Si fuera impotente, me mataría”, afirmó en su juventud, y así fue, cuando su salud comenzó a quebrantarse, decidió dispararse en la boca, dejando detrás una lápida cuyo epitafio ya había redactado años atrás: “Aquí yace Pierre Molinier, nacido el 13 de abril de 1900, muerto alrededor de 1950. Un hombre sin moral, al que no le importaba una mierda la gloria o el honor; es inútil rezar por él.”

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Diane Arbus

Diane Arbus es una de las fotógrafas más reconocidas en la historia, sus retratos de personas marginadas la llevaron a lo más alto, aunque se dedicase a esta práctica de manera seria solo los últimos quince años de su vida. Es entendible que sus imágenes sean desagradables; enanos, nudistas, travestis, caras inminentes iluminadas por el flash o gemelas idénticas que parecen haber sido creadas para el horror… capturas que son todo menos discretas; en ellas hay mucha provocación, como si intentase retar a la audiencia. Pero su carrera fotográfica no fue lo único interesante, así como Molinier, su vida sexual también ha causado mucha curiosidad. Según una biografía no autorizada escrita por el reportero del New York Times, Arthur Lubow, Arbus experimentó sexualmente con su hermano, Howard Numerov, cuando aún eran pequeños, aunque continuarion mantieniendo relaciones sexuales a lo largo de su vida. La última vez, según Lubow, fue dos semanas antes de la muerte de Arbus. Aun así, estas afirmaciones con respecto a dicho incesto no han sido nunca confirmadas.

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© Diane Arbus

Hacia el final de su vida, Arbus ya no encontraba en la fotografía la misma satisfacción que le había traído antes; aunque seguía trabajando en diferentes proyectos y su fama se había disparado después de ser la protagonista de la primera grande exposición fotográfica en el MoMA; su vida emocional era bastante turbulenta. El sexo se había convertido en una compulsión y siempre se había visto atraída hacia hombres que nunca se entregaban del todo. Además, por ese entonces, la demanda y los precios por los trabajos fotográficos no era lo que es hoy en día, y la mayoría de sus impresiones originales se vendían por unos $30 dólares en museos y galerías. Todas estas circunstancias hicieron que cayese en una profunda depresión. Sin que nadie lo esperase, el lunes 26 de julio de 1971, Diane escribió en su diario las palabras “Last Supper” (La Última Cena). Dejó el libro junto a las escaleras de su casa, tomó una gran dosis de barbitúricos y se metió a la bañera. Luego, con gran determinación, tanta como para acabar con sus tendones también, se cortó las muñecas. Moriría desangrada y su cadaver no sería encontrado sino dos días después.

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© Francesca Woodman

Francesca Woodman es la protagonista del número más reciente de nuestra revista. Esta fotógrafa americana es famosa por sus capturas en blanco y negro, en las cuales experimenta con la exposición de larga duración, creando figuras fantasmagóricas. Nacida en 1958 dentro del seno de una familia artística, descubrió su interés por la fotografía a la edad de trece años y a los dieciséis se enlistó en la Rhode Island School of Design. El programa incluía un intercambio de un año en Roma, donde realizó su primera exhibición en la librería Maldoror. Después de su graduación en 1979 se trasladó a Nueva York, donde esperaba que su carrera despegase. Lastimosamente no fue así, y tan solo dos años después se suicidaría, presa, como los demás fotógrafos que hemos reseñado, de una aguda depresión; tenía tan solo 22 años. Su legado consta de más de 800 fotografías, y la manera en la que murió han hecho de ella una figura de culto. Su trabajo, tan melancólico, ha servido para que muchos críticos se metan en el papel de psiquiatras e intenten resolver el enigma de su suicidio, creando vínculos, tal vez inexistentes, entre su muerte y su obra.

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© Francesca Woodman

Muchos críticos afirman que la manera en la cual el cuerpo de Woodman desaparece en sus imágenes, representa la manera como su vida estaba desvaneciéndose desde antes de su muerte, sin embargo, todos son intentos fútiles de psicoanálisis, cuando lo único real es que Francesca sufría de una enfermedad mental que no necesariamente debe ser vista como una característica definitiva en la producción de su trabajo. Esto tampoco significa que fuese completamente ajena. Al fin y al cabo, todo esto no son más que suposiciones. Lo que es cierto es que estamos agradecidos por la producción artística de esta mujer, cuyo trabajo logra despertar emociones muy profundas en la audiencia, y que, aunque lo queramos o no, se hacen más fuertes al saber que murió a la tierna edad de 22 años tras haber saltado por una ventana.

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© Kevin Carter

Hay fotografías que causan un verdadero impacto en el mundo. En 1993, Kevin Carter, con tan solo 32 años, capturó una de ellas. Mientras se encontraba en Sudan, se presentó ante él una situación única en agonía y sufrimiento; su labor, como fotógrafo, era retratarla, y así lo hizo. Se trataba de una pequeña niña africana, con el estómago inflado, que se encontraba de camino a uno de los centros alimentarios para refugiados. En dicha travesía, un buitre aterrizó a su lado, como si estuviese esperando a que la pequeña muriese para devorar su cadáver. La imagen fue publicada en el New York Times el 26 de marzo de 1993. Muchas personas entonces catalogaron a Carter de inhumano, argumentando que debió haber dejado su cámara de lado y acudir a la ayuda de la niña. La controversia aumentó cuando a los pocos meses fue laureado con el Premio Pulitzer por dicha imagen. Para finales de julio del siguiente año, Carter se suicidaría.

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© Kevin Carter

El trabajo de fotoperiodista obliga a quienes lo practican a desarrollar cierto tipo de desapego emocional, de eso mismo fue acusado Carter, cuando la realidad dista mucho de ello. Este fotógrafo nació en Sudáfrica durante el apartheid y se dedicó a esta profesión porque sentía que debía documentar el abuso que sufría la población negra a mano de los blancos en dicho país, así como los conflictos entre otros grupos étnicos como los Xhosas y Zulus. El día a día de Carter estaba marcado por situaciones extremas, muertes, hambruna, era el encargado da capturar la peor imagen del ser humano con el propósito de crear conciencia, para lidiar con ello, consumía cocaína y otras drogas, intentando copar con la realidad que le rodeaba. Alguna vez le confesó a su amiga Judith Matloff, también corresponsal de guerra, que le devoraba la culpa de las personas que no pudo ayudar porque las estaba fotografiando mientras las asesinaban. Su trabajo le produjo una gran depresión. Finalmente, el 27 de julio de 1994, Carter decidió conducir hasta Parkmore, un suburbio en Johannesburgo donde solía jugar cuando era niño; allí aparcó, conectó una manguera al escape de su furgoneta, la introdujo en la cabina y se suicidó, intoxiándose con dióxido de carbono a la edad de 33 años. Atrás dejó una nota de suicidio.

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Kevin Carter

Lo siento, realmente lo siento mucho. El dolor de la vida ha anulado la alegría hasta el punto de que la alegría no existe… Estoy deprimido… sin teléfono… sin dinero para el alquiler… sin dinero para la manutención de mi hija… sin dinero para las deudas … ¡¡dinero!! … Estoy atormentado por los vivos recuerdos de asesinatos y cadáveres, por la ira y el dolor… de los niños hambrientos o heridos, de los locos felices de disparar, muchas veces policías, de los asesinos… He ido a reunirme con Ken (Oosterbroek, colega que había fallecido recientemente mientras fotografiaba el conflicto en Sudáfrica) si tengo suerte”.

Imagen portada: © Ren Hang

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