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#lamonoCHATS: soler studio, el arte se impone al artista



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F: Todas las imágenes de la serie Anónimo, de Soler Studio.

Con el tiempo se acaba aprendiendo que en esta vida no existen las coincidencias. Que la vida no es una sucesión de accidentes ni de cruces de caminos fortuitos, si no una relación permanente de causa y efecto. Estamos aquí porque debemos estarlo. Nos cruzamos con las personas que nos cruzamos porque debemos hacerlo. Es así. Más pronto o más tarde se acaba aprendiendo.

Algo parecido fue lo que me pasó a mí con Soler, o Soler Studio, un artista colombiano anónimo y multidisciplinar del que no podría contaros más que maravillas. Y es que no abundan, ¿sabéis? Hablo de los artistas de verdad. De aquellas personas que hacen arte porque no tienen alternativa, porque la vida corre demasiado rápido y demasiado caliente por sus venas, la piel resulta en ocasiones demasiado fina y el crear arte no es más que una necesidad. No muy diferente del comer o el dormir.

Se conocen muy pocas personas como Soler (lo llamaré por su pseudónimo de aquí en adelante para no romper la magia). Creedme. Se conocen muy pocas personas que no hagan lo que hacen para gustar, o para ganar dinero. Que no hagan arte para ser reconocidos o admirados, si no como una necesidad intrínseca de su ser. “El piso inestable es el mejor piso”, contaba en el taller de un colega mutuo el día que lo conocí. No he podido olvidarlo desde entonces. El piso inestable. ¿Entonces el terreno de la inestabilidad es algo bueno? Eso me ayudó a comprender un poco más las cosas: La inestabilidad es algo bueno, sí, o al menos lo es para el arte.

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El arte de verdad sale de la necesidad, de un deseo irreprimible de creación. Del Hacer para Ser, como diría él; que es el ejemplo vivo de que en el arte se puede hacer de todo. El mejor trabajo, para Soler, viene de las experiencias de la vida, que son las que te forman y a partir de las que llegas a algo tangible y a la reflexión. Y la inestabilidad nos obliga a modificar nuestra perspectiva, a observar la realidad desde ángulos nuevos y a ver cosas, en definitiva, que son imposibles de ver desde el prisma de la comodidad.

Como artista, según el colombiano, estás condicionado. A veces la gente no te entiende, porque la mente de un artista funciona de forma sustancialmente diferente, aunque eso no significa necesariamente que el resto de seres humanos se vean privados de esta especie de cognición creativa. Los artistas, según Soler, simplemente tienen una manera más exacerbada de hacer las cosas, porque buscan un sentido más allá. Aunque para ser artista tienes que decirlo y, por supuesto, creerlo; porque en esta vida, según él, no hay tiempo para la duda. Si dudas mucho, se te pasa el tiempo; y hay que estar listos para ser radicales: Con el arte, con la vida, con las decisiones. El talento reside ahí: en la toma de posición.

Tomar una posición enfrente a la vida –una actitud– es, para Soler, muy importante. Hay mucha gente cobarde que no lo hace, y eso no ayuda, dice. Por eso hay tanto caos. Según Soler hay que salir y expresarse, y si necesitas hacer una revolución, hacerla. “Lo difícil del arte es que se asocia muchas veces con la banalidad, cuando lo que pretendes es saber y sentir cada vez más”, dice Soler. “Es frustrante, a veces, porque no quieres parar. La vida del artista es como una ola alta que revienta, cambiante, y muchas veces resulta incompatible con la marea baja de la mayoría del resto de la gente. Es difícil a veces mantener relaciones porque no todas las personas están listas para vivir así y para entender eso, ni el artista para entender esa otra vida”. Por eso el arte, para Soler, no es fácil: Porque es una forma de vivir que se lleva en las venas, una herramienta de catarsis, de superación y, en definitiva, de supervivencia. Y a veces uno se obsesiona.

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Él empezó dibujando, como cualquier otro niño. Uno de los primeros dibujos que hizo, para la escuela, fue un vaquero con un revólver a lado y lado escalando una montaña hacia una cruz. Fue, de hecho, uno de sus primeros encuentros artísticos: Sus padres lo metieron en un colegio del Opus Dei que detestaba y, aunque quizás sea tan solo una reacción inconsciente, en muchas de sus obras hace aparición esta misma cruz –o, como diría él, esta anti-cruz–. Fue su forma personal de rebelión, por aquel entonces ­–y a pesar de que su profesor se llevara con él un gran disgusto–, pero también una primera lección: el arte es una herramienta, a su vez, de confrontación; que sirve para confrontar la vida pero también a otras personas.

Su sueño, desde pequeño, fue viajar y documentar el mundo. Fotografiar la realidad, algo que siempre le ha fascinado y que lucha por hacer colisionar con su arte. “Yo no quiero un arte que se escape a la realidad”, me explica, aunque pueda resultar extraño, quizás, en un mundo en el que el arte parece que solo persigue la belleza. Pero a él, el arte, le gusta visceral. Y de aquí su pasión por el accionismo vienés o Joseph Beuys, entre muchos otros. “Uno es consecuencia de la realidad y la realidad es consecuencia de uno, y para mi el arte es un resultado de esas acciones y del presente”.

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Sus grandes pasiones siempre han sido el mar, la música y el arte (una gran combinación, si me permitís el atrevimiento). Él, no obstante, estaba tan metido en todo eso que no lo veía, no era capaz de ver quién era. Su padre se dio cuenta de que no estaba bien y vio a través suyo, animándole a viajar. Por eso se fue al Reino Unido; y al mes de llegar a Londres vio una pintura de Lucian Freud, su cabeza se abrió en dos y entendió que eso era lo que él tenía que estar haciendo. Entonces empezó a reflexionar sobre la vida de estas personas: no estaban trabajando toda su vida en una empresa y pintaban en su tiempo libre. No. Pintaban, y ya. Y eso es lo que él quería hacer: Porque eso era, de hecho, lo que él era. Y empezó a hacerlo.

Comenzó a enloquecer por el arte: a hacer fotografías y revelarlas en un cuarto oscuro, a pintar, a pintar sus fotografías y quemarlas… Fue muy experimental –demasiado, según él mismo– en la universidad; pero eso le acabó abriendo las puertas de la Universidad de Brighton y, más tarde, también del University College de Londres. Empezó a recibir becas, premios… Y le empezaron a pasar cosas muy buenas, como el trabajar mano a mano con Ángela de la Cruz. Tiempo después volvió a Colombia a trabajar, para entenderse un poco más a él mismo en su propio país. Había recibido demasiadas influencias artísticas internacionales, y ahora tenía que encontrar quién era él, y cuál era su lugar en el mundo del arte. Se encerró cuatro años a pintar en Bogotá, lo expropiaron… Hizo cientos de pinturas abstractas y colmadas de color, que ahora ha borrado de su portal digital porque le suponían, según dice, una carga. Necesitaba separar mentalmente las cosas. Y ahora, a su vez, le resulta dificilísimo separarse del arte de la performance.

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Cuando lo sacaron de su estudio, tras su expropiación, sintió que él se moría con el espacio. Lo echaron de su hogar por razones legales, y entonces empezó a pensar mucho más allá. En la razón de todo: entre el espacio y el cuerpo, entre el Estar y en No-Estar. Por eso todo es una consecuencia de todo: somos una consecuencia de todo, y todo tiene que ver en esta vida. Y, el artista, está mucho más abierto a esas influencias y a las consecuencias, digamos, que se derivan alrededor de todo lo que ocurre en el mundo. Pasó a vivir en una casa vecina a su estudio e inició un proyecto en el que reformó el espacio, lo abrió al público e invitó a artistas para que expusieran allí y así, de alguna forma, defender su dignidad. Fue otra especie de rebelión personal y de allí nació, también, su amor por la arquitectura y la reconstrucción.

Dejó de pintar porque sintió que la pintura ya no era suficiente para expresar todo lo que le estaba pasando, y fue entonces cuando empezó a hacer performance. Lo que le interesa es la naturaleza del cuerpo y su interacción con la sociedad: es algo social, no personal. Con todo, si tuviera que elegir entre la escultura, la performance, la pintura y, en general, todas las demás disciplinas artísticas que emplea y domina a la perfección, seguiría quedándose con la pintura. Es, en el fondo, su gran amor. Y ya se sabe que el amor de verdad nunca se olvida.

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En su página web no aparece ni una sola vez su nombre. En Internet, prácticamente, tampoco: hizo todo lo posible por borrar cualquier rastro de su identidad. No le interesa figurar, si no que su trabajo figure. Quería separar su persona de su arte, que el arte hablara por si solo y que solo se hablara del arte, y no de él. He ahí la razón de su anonimato.

Soler, de hecho, es un nombre que adoptó de un ciclista colombiano, Juan Mauricio Soler, que cayó en un tour y entró en coma durante largo tiempo, impidiéndole volver al ciclismo. A él la noticia le generó mucha tristeza, y adoptar su apellido como nombre artístico –el apellido de alguien a quien no conocía personalmente y con quien no tenía nada que ver– le pareció una buena forma de desplazar la atención de su identidad y dirigirla hacia alguien que la merecía, según él, más. Es una especie de metáfora que le sirve, en el fondo, para seguir hablando de su trabajo: De esas experiencias entre la vida y la muerte, y de esa confrontación, en definitiva, que nos provoca la vida. Y quizás, en esencia, seamos todos anónimos. O deberíamos serlo. T: Raquel Bueno

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