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#lamonoCHATS: mareo rodríguez, entre la luz y la sombra



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A cuatro minutos exactos a pie del Arc de Triomf, en plena bohemia del barrio de El Born de Barcelona, se esconde una nueva gema del arte contemporáneo: La galería CAGE (o Contemporary Art Gallery Exhibitions), que abría sus puertas al gran público el pasado diecinueve de enero, y lo hacía ni más ni menos que de la mano de Mareo Rodríguez. ¿Y quién es él?, os estaréis preguntando. Pues bien, si no lo conocéis ya, deberíais hacerlo, porque este artista colombiano –nacido en México y asentado ahora en Barcelona– ha entrado en el mundo del arte pisando fuerte y ha venido para quedarse.

Aunque nació en México DF, volvió a Colombia con tan solo siete años y se ha considerado siempre colombiano. Se crió en Medellín, una ciudad colombiana rodeada por montañas, y éstas se convertirían en seguida en una de las principales influencias en su obra. Pisó la ciudad condal por primera vez en 2006, y se enamoró perdida e irremediablemente de Barcelona. Como todos. “Todo el que llega a Barcelona no se quiere ir”, me aclara entre carcajadas mientras me abre las puertas de la CAGE. Allí, y hasta finales de mes, tiene expuestas veinticinco pinturas y una escultura; y será el primero de muchos artistas que la galería expondrá e irá renovando cada dos meses.

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Pero hablemos de Mareo. Como os contaba se enamoró de Barcelona, pero tuvo que abandonarla en 2008 por culpa de la crisis económica, y volvió a Colombia. Por aquel entonces él aún no se dedicaba profesionalmente a la pintura, si no a la arquitectura, y la explosión de la burbuja inmobiliaria le alcanzó de lleno. La pintura, no obstante, siempre había estado muy presente en su vida. Era algo paralelo a la arquitectura, que estudió por decisión de su familia (algo muy común en las familias colombianas), y nunca la abandonaría. Incluso en la carrera de arquitectura le fue muy útil su habilidad con los pinceles, y desde sus inicios ligó la arquitectura con el arte, y la parte técnica de la arquitectura siempre sería para él algo destinado a estar en segundo plano: la parte artística era la realmente valiosa.

Su auténtico nombre es Mario, pero acabó adoptando el nombre artístico de Mareo gracias a una broma que le llevaba haciendo desde hacía años un amigo suyo: “Mario se montó en el armario y se mareó…”. Sí, a veces los motivos detrás de las cosas son así de simples. Pero le sirvió de distintivo, porque Mario Rodríguez es un nombre, según él, bastante común; y su obra siempre ha estado muy ligada con el mar y la naturaleza en general.

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Empezó a gestar la serie que se exhibe ahora en el CAGE, Scapes, hace ya un año; y el título surgió de un juego de palabras entre el paisaje (landscapes) y la huída (scapes). Para él la colección constituye un lugar de fuga, una especie de mundo paralelo que se ha construido para escapar de la realidad. Y, en este sentido, su obra adquiere una fuerte relación con el subconsciente y la parte emocional del ser humano, que es el resultado de una lucha recurrente entre la oscuridad y la luz. Y es precisamente esa dualidad entre la luz y la sombra la que protagoniza la serie Scapes, y gran parte de su obra. Para él representan conceptos universales: la oscuridad vendría a ser la confusión, las sombras y nuestros demonios internos individuales (una especie de lugar de turbación y tinieblas); y la luz sería la guía que nos permite escapar de todo ello.

¿Y por qué no pueden vivir en paz?, le inquiero yo, un poco para tocar las narices. Nos reímos. Se complementan de alguna forma la una a la otra, señala Mario, aunque siempre hay una que acaba siendo más fuerte que la otra y, en su caso, intenta que esa una siempre sea la luz; aunque no le teme a la sombra y la abraza. La asume hasta tal punto, de hecho, que en la serie Scapes todas las obras parten de una base negra, que el pintor ha ido iluminando para acabar revelando su auténtica forma.

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Su estilo es minimalista y, por eso, pinta casi siempre en blanco y negro. El monocromismo responde a una voluntad de atemporalidad del artista, que no quiere que su obra se enmarque dentro de una tendencia si no hacerla permanecer en el tiempo. ¿Y no puede ser que el blanco y negro también sea una tendencia? Sí, sí. Puede ser, responde Mario, y nos reímos de nuevo. Para él, el problema con el color es que es difícil de controlar. Tiene mucha potencia y, por ese mismo motivo, puede resultar peligroso y acabar por ser una distracción en la obra y arrebatarle su esencia. “El blanco y negro para mi es como la obra al desnudo”, me explica. Aunque en su obra hay también matices de azul, de gris y de algún que otro destello de dorado. Es como una monocromía aparente, que aunque se percibe como blanco y negro está compuesta por colores que huyen de la saturación.

También adquiere una gran trascendencia en la obra de Mario la relación entre el ser humano y la montaña. Para él, al fin y al cabo, todos somos materia. Y, en tal que materia (y al igual que las montañas, que van fragmentándose hasta convertirse en piedras), también nosotros vamos desgastándonos y erosionándonos… Y acabamos por convertirnos en polvo. En este proceso se evidencia la relevancia del concepto del tiempo en la obra de Mario, aunque para él el tiempo es relativo y me asegura que no es uno de los componentes fundamentales en su obra. Lo esencial es el movimiento en si, que vendría a ser una especie de representación de este paso del tiempo.

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Con todo, Mario –o Mareo– Rodríguez no es solo un pintor. El artista tiene el corazón permanentemente dividido entre la pintura y la escultura, dos técnicas artísticas que acaban, en su caso, complementándose la una a la otra. Me comenta, en este sentido, que con Scapes acabó bastante saturado de la pintura; y que ahora va a tomarse un tiempo para concentrarse en la escultura. Aun así, el no se casa con una técnica en concreto, si no con un discurso:

“La pintura es como más orgánica, más expresiva y visceral. La escultura, en cambio, es más racional y geométrica… Ahí es donde me sale la parte de arquitecto”

La que hay expuesta en la CAGE es toda de un blanco albino (que se oscurece con las sombras de sus propias formas), y prácticamente parece una maqueta. Es en su escultura donde la influencia de la arquitectura se hace más evidente: le ha enseñado a apreciar el espacio en tres dimensiones, y le ha aportado capacidad de síntesis y ese gusto tan vehemente por el minimalismo. Y es que, en el fondo, la pintura y la escultura, para Mario, vendrían a ser algo así como su luz y su sombra (y, como comentábamos antes, ambas son necesarias en la vida).

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Cuando volvió a Barcelona puso fin a sus días de arquitectura y decidió dedicarse por completo al arte, hace tan solo un par de años. Empezó a pintar como si de una jornada laboral se tratara (nada de dejarlo para cuando se le apareciera la inspiración o de relevarlo a la categoría de hobby), y desde entonces todo cambió y las oportunidades empezaron a aparecérsele. Una de esas maravillas que ocurren en la vida cuando se une el factor del riesgo con el del talento, el sacrificio y el trabajo. Ahora comparte taller con un buen amigo y compatriota colombiano, Cesar Biojo, y el arte se ha convertido en todo lo que respira. Es su razón de ser.

Sin embargo, en la escena artística de Barcelona no todo es tan bonito como parece. En el caso de Mario resulta un escenario excepcional para la producción artística, llena de actividad y dinamismo, pero patina en gran medida la parte institucional. “El MACBA debería hacer muchísimo más por el arte de la ciudad”, me comenta. Y es cierto. Aunque en Barcelona se vive bien, y la ciudad está impregnada de una esencia tan bohemia como cosmopolita, vivir del arte no resulta nada fácil, y la mayoría de las ventas de los artistas que se asentan en la ciudad provienen de fuera. Para Mario, prácticamente un ochenta por ciento de los compradores de sus obras proceden de Estados Unidos (Nueva York y Nueva Jersey, en especial), Londres, Alemania, los países nórdicos y, por supuesto, Colombia. Allí es bien conocido.

“Aquí la gente entiende el arte, les gusta y lo valoran, pero no lo compran”

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Para él es una cuestión fuertemente relacionada con la crisis económica y el clima de austeridad que aún es capaz de palparse en el ecosistema español. Aún así, Pavel Moreno, propietario de la CAGE, cree que el problema va más allá: Hay que educar a las nuevas generaciones para que empiecen a valorar más las cosas físicas y dejen de darle tanta importancia a lo digital. No obstante, y de forma casi irónica, las redes sociales han impulsado en gran medida la carrera artística de Mario. Instagram, en especial, le ha permitido establecer una relación directa con los admiradores de su trabajo; y el año pasado el setenta por ciento de los ingresos provenientes de su página web fueron gracias a los compradores que accedieron a ésta plataforma desde la red social.

Quizás habría que empezar a hablar, en este sentido, del artista millennial, una categoría en la que Mario podría encajar perfectamente. Con todo, las redes sociales, para Mario, son y deben seguir siendo únicamente un complemento; y ver la obra en vivo sigue siendo absolutamente imprescindible. ¿La razón? Para él, el arte es una especie de lenguaje. No tiene por qué ser bonito, pero debe –por fuerza– ser capaz de comunicar algo. ¿Y qué pretende decir Mareo Rodríguez con su obra? “Me matas con estas preguntas…”, bromea. Y volvemos a reírnos a carcajadas. En el fondo, me explica, no pretende decir nada en concreto; si no vaciar su alma en cada una de sus obras y evidenciar ese amor tan suyo, y tan hondo, hacia la naturaleza. Luego quien la vea ya entenderá lo que quiera; y, si me permitís un consejo, deberíais dejaros caer por la CAGE antes de final de mes y, una vez allí, ya lo entenderéis. T: Raquel Bueno / Fotografías por Rubén González 

Scapes, de Mareo Rodríguez. Cage BCN (Carrer d’En Cortines, 23). Hasta finales de marzo.

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