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#lamonoCHATS: cesar biojo, una contradicción brillante



Cesar 1

Cesar, pintando en su taller

Hay algunas calles del barrio de Sarrià de Barcelona que recuerdan al pueblo, que te acogen como si formaras parte de una especia de familia intangible en una ciudad en la que todo el mundo acaba por resultar extraño. En una de esas calles, en la calle de les Calàndries para ser más exactos, se encuentra el taller de Cesar Biojo. Tras una puerta hecha de ventanales y madera, el pintor comparte su espacio creativo con otros dos artistas. Sus obras, no obstante, se distinguen fácilmente de las demás. Él pinta mayoritariamente retratos, casi siempre desnudos y, preferiblemente, mujeres. Aún así, hay una característica en la obra de Cesar que la convierte en particularmente especial. Una vez pintado el retrato, el pintor es invadido por la frustración y una necesidad irrefrenable de destruirlo. De despojarlo de toda identidad. Es entonces cuando les tira pintura a los ojos, a la boca… y en ocasiones, incluso, llega a cubrirles todo el rostro. Y es entonces, también, cuando su obra abandona la perfección para convertirse en algo que va mucho más allá: en algo mucho más humano.

Él me recibe con los brazos abiertos, como siempre, y en seguida me ofrece una taza de café; un café que ha hecho famoso a su tierra natal: Colombia. Y es que este joven artista se crió en Cali, en el seno de una familia acomodada. Su padre era cirujano y por eso el dinero nunca faltó en su familia, aunque convertir pesos a dólares resultaba muy difícil, y criarse en Colombia durante los noventa fue algo muy duro. Cesar empieza ahora a ser capaz de verbalizarlo: “Era un miedo constante, con la muerte siempre presente”.

Cesar 8

A la prematura edad de diecisiete años decidió mudarse a Nueva York para estudiar inglés, y la ciudad le abrumó enseguida. Estaba solo, y en Nueva York hacía un frío casi insoportable para un recién llegado adolescente colombiano. Todo se le quedaba demasiado grande y, en una ciudad tan plagada de gente, él jamás se había sentido tan solo. Vivió primero en una casa de acogida, y después en la casa de una tía que se había jubilado y trasladado a Florida, en el barrio de Queens. Las únicas palabras que conocía en inglés eran tired, beer y sex (cosas que pasan) y no tenía ni a un solo amigo en la ciudad. Limpiaba platos tres días a la semana en un restaurante griego, y la única forma en que podía matar el tiempo libre que tenía era caminar. Fue así como acabó topándose con el edificio que le acabaría dando un giro radical a su vida: el Metropolitan Museum of Art (o el famoso MET de Nueva York), que recorrería a conciencia en los cinco días siguientes al accidente hasta tropezarse con la sala de los impresionistas, donde el descubrimiento de las obras de Edgar Degas le cambiaría la vida para siempre.

Amante empedernido de los cómics, la pasión de Cesar siempre había sido dibujar. Y fue esa pasión, precisamente, la que lo llevó a ganar una beca de Coca-Cola por valor de ocho mil dólares tras dibujar un póster publicitario que acabaría en las máquinas dispensadoras de todos los Estados Unidos. Con todo, Nueva York lo derrotó y se trasladó a Florida en busca de un clima más cálido y una cultura más latina. Aunque siempre había querido ser químico, acordó con su padre (como sucede en toda familia colombiana) que estudiaría diseño gráfico. Con todo, al semestre lo acabaría dejando y decidiría dedicar todas sus energías a una actividad a la que consagraría el resto de su vida: la pintura.

Cesar 7

Empezó a interesarse por la Historia del Arte. Las clases duraban cuatro horas, pero él podía pasarse más de quince pintando en su taller y, después, al llegar a casa (una estancia sencilla amoblada únicamente por sus libros, sus pinturas y un colchón en el suelo) seguir pintando. Por aquel entonces, creía que esa iba a ser la clave de su éxito: “Si pinto mucho, eventualmente sucederá”, se repetía hasta la extenuación. Pero pintaba y pintaba y el éxito no llegaba. Al final, se dio cuenta de que lo que debía hacer era convertirse en empresario. Sí, sí… Habéis leído bien: empresario.

“A los artistas nos educan para ir a la escuela, generar una obra y esperar a que venga gente rica a través de una galería y te compre tu pintura. Luego te dicen que los artistas se hacen ricos cuando mueren, que viven pobres… Y no, ¡no! Yo no quiero morir pobre ni vivir pobre, quiero vivir rico y morir rico”

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Eventualmente se mudó a Barcelona y siguió estudiando. En la ciudad condal acabaría trabajando de todo: se dedicó a vender queso, a repartir propaganda e, incluso, a limpiar baños. Tenía asumido que era así como tenía que vivir un artista: sobreviviendo. Sin embargo, cuando entendió que el éxito pasaba por convertirse en empresario, empezó a vivir por fin del arte. Se transformó a partir de entonces en su propia empresa: él es ahora su propia línea de producción y de calidad, las bases de datos, la parte legal, las relaciones públicas, la publicidad… Y fue en ese momento –cuando entendió que el éxito pasaba por tomar el control de todos los aspectos de su vida y de su negocio–, cuando el éxito le llegó. Cesar, como resultado, es una especie de artista aburguesado… Una contradicción tan extraña como brillante.

“Sí… Yo soy cero bohemio. A los artistas nos educan para vivir en escasez, es un legado súper judeo-cristiano. Yo quiero ayudar a los demás, es ese el motor de mi vida, pero no soy Jesús ni quiero serlo. Para eso hay que tener superpoderes. El mundo está lleno de artistas incomprendidos, pero hay que romper ese idealismo. El arte puede ser eso y más”

Cesar 14

¿Pero por qué esa necesidad de destruir todo lo que pinta? El motivo en cuestión no resulta precisamente sencillo: le parece irrespetuoso abordar la vida de la persona a quien retrata sin incluir al mismo tiempo las posibles adversidades que ésta pueda sufrir. A él, personalmente, se le aparecería inaceptable verse retratado de manera estática o sin ninguna vinculación con las manifestaciones de su pasado y su futuro. Sería como negar sus aprendizajes y su potencial porvenir, todo a la vez. Y es que, de hecho, la parte más complicada de la pintura, para Cesar, es narrar el tiempo. En la literatura y en el cine es más fácil, pero con la fotografía y la pintura es más complicado y, consecuentemente, la representación de una persona a través de un medio que carece de la noción del tiempo debe incluir siempre ese factor errático e impredecible que a él solo le proporciona el accidente y su ambigüedad temporal o cualitativa.

Destruir sus obras no le resulta fácil, pero pronto en su vida descubriría que eso no era más que otra manifestación de su ego creativo. Por eso aprendió a sobreponerse a ese enamoramiento hedonista tan propio del creador y a entregarse por completo al proceso de destrucción como metáfora de la aceptación de la condición mortal del ser humano. Hasta hace apenas unos meses no había llegado a sus manos pintura que no le provocara esa necesidad incontenible de destrucción, cuando accedió a pintar el retrato de un recién nacido. A día de hoy sigue intentando abordar esa pintura, incapaz de someter la imagen del bebé a la connotación de declive, del paso del tiempo y –eventualmente– de la muerte, tan propias de su proceso creativo.

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Y este episodio ha sido para Cesar, precisamente, el causante de una reflexión más profunda sobre la función social de su obra y sobre uno de los conceptos que para él no era más que una simple ilusión humana: la fe como alimento de la esperanza de vida. Ha constituido, así mismo, un punto de inflexión dentro de la crisis creativa en la que se encontraba estancado desde el año 2014. Su trabajo se había convertido en algo predecible, y los desnudos empezaban a tener una connotación muy tradicionalista. Ya lo había creado y reconstruido de todas las formas posibles, no sabía qué más podía sacar de él y sentía que estaba, simplemente, haciendo versiones aguadas de previos éxitos. Este sentimiento, sin embargo, se ha ido diluyendo con el paso de los meses, y el pintor ha dejado de percibir la crisis como algo negativo para empezar a verla como parte de un proceso de aprendizaje. Se ha dado cuenta de que producir una obra artística, en su caso, es más una pregunta que una respuesta a un tema; y que sus obras anteriores han dejado ya de proporcionarle respuestas, que se han vuelto predecibles. Ahora sus inquietudes son más profundas, y sigue intentando descubrir la forma de crear una nueva manera de responder a estas preguntas.

“Parte del ser artista es saber entender que el no saber hacer es la posición más potente de una mente creativa, pues inevitablemente debemos crear la manera de hacer eso que queremos hacer”

Con todo, para Cesar inmortalizar siempre ha sido la función social del arte. Para él toda función del arte es conmemorar: negar a la muerte. ¿Y entonces el arte es esta negación de la muerte? No, no. El arte, para Cesar, es la manera en que los seres humanos nos describimos a nosotros mismos para nosotros mismos. Algo muy egocéntrico, ¿no? Pues sí, pero qué más da. El arte lo vale todo. Y al final, en palabras de Cesar, vivimos en un especiocentrismo…

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Para él, conceptos como la belleza o la perfección son demasiado subjetivos y absolutos. Son conceptos que están empezando a desaparecer y a convertirse en algo mucho más relativo, y aquello que mantiene a Cesar fascinado con la humanidad. ¿Cómo se puede amar y odiar a una persona al mismo tiempo? Ese es precisamente la esencia y el reflejo de la pintura de Cesar: creación y destrucción, todo al mismo tiempo. Es así como ve realmente retratado al ser humano, la forma más justa que encuentra de inmortalizar a la persona: en un vacío en el que no existen ni el lugar ni el tiempo, y en el cual la única prenda que tiene cabida es la única prenda que resulta atemporal: la piel. Cualquier otro detalle (una chaqueta, una taza de café, un cigarrillo a medio consumir…) desarrolla una narrativa y, él, huye de la narrativa a toda costa. Es también por eso que nunca pinta a más de una persona a la vez, la narrativa que no sea fruto de la esencia de la persona no le interesa: su interés se concentra en hablar del ser humano y sus conflictos.

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Aunque su futuro creativo se le asemeja incierto, y mientras va aproximándose al terreno de lo abstracto, sus metas en la vida siguen perfectamente definidas. Ahora dispone de una escuela online donde se encarga de enseñar la parte técnica y empresarial de la pintura y ejerce de coach artístico para otros jóvenes pintores, y también de un programa de becas para niños que no tienen recursos para dedicarse al arte. Quiere hacer por ellos lo que le gustaría que hubieran hecho por él cuando estaba empezando, ayudarlos a responder sus preguntas de vida y proporcionarles las herramientas para que sean capaces de llevar una vida digna como artistas. Sin embargo, sus ambiciones van mucho más allá: quiere tener su propia fundación, se propone dignificar el trabajo del artista y, en un futuro, si sus planes se cumplen, convertirá esta escuela online en un centro de gestión, producción y aprendizaje para todos esos artistas que quieran vivir de su pasión y estén dispuestos a hacer lo que sea necesario para lograrlo y transformar el sector. Y, ¿qué va a trascender de Cesar Biojo?

“Yo lo que quisiera el día que me muera… No, lo que quiero (porque va a suceder) es tener como mínimo cinco o seis personas a mi alrededor que digan “Gracias a Cesar Biojo fui mejor persona”. Aunque bueno, verdaderamente lo que quiero es que sean millones, ¿no? Yo necesito sentir que mi existencia habrá servido de algo, que no habré sido otro ser vivo más consumiendo oxígeno, y que no habré vivido para ganar cinco mil euros mensuales y mantener a mi familia, y ya. No, yo quiero ganar muchísimo dinero para poder ayudar a mucha gente, y eso me parece mucho menos egoísta”

Y, para rematarlo, sonará el Concierto No. 2 de Rachmaninov, o el Bolero de Ravel. T: Raquel Bueno

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