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la historia de Sergio Larraín: una vida en búsqueda de la verdad



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A menudo, detrás de las grandes fotografías hay también grandes historias. Y no, no nos referimos tan solo a los hechos que quedan retratados en la imagen, sino a la historia que se encuentra detrás de la cámara; aquella que ha forjado la visión del fotógrafo y esa forma tan especial y tan propia de mirar y fotografiar el mundo que lo envuelve. Una de esas historias, una de las que merece realmente la pena contar, es la de Sergio Larraín. Él fue un niño pituco, como llaman en Chile a los niños de buena familia. Su padre era decano de arquitectura y coleccionista de arte, y él había crecido en el mejor barrio de Santiago, estudiando en liceos privados e intentando licenciarse sin éxito como ingeniero forestal nada más y nada menos que en Berkeley (la prestigiosa facultad californiana), dónde acabaría dándole a los bares y a la marihuana más atención que a los libros. Era un joven confundido y perdido, que decidió entonces abandonar los estudios y hacerse vagabundo para encontrar la verdad, la esencia más íntima de la vida. Sí, sí, habéis leído bien: vagabundo.

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Acabó poniendo punto y final a ese periodo de confusión lavando platos por sesenta míseros dólares mensuales. Orgulloso de haberse ganado por fin su propio pan, lejos de la fortuna familiar, se fue de compras con la intención de apoderarse de el objeto más bello que se cruzara en su camino. Lo que acabó comprando no os sorprenderá; y es que se trataba, ni más ni menos, de una cámara Leica IIIc de segunda mano, que acabaría pagando a plazos de cinco dólares al mes. Desde ese preciso instante, la fotografía se convertiría para el en la más pura, y más dulce, forma de poesía. Era la esencia misma de la vida, esa verdad que había estado buscando con tanto ahínco, y sin suerte alguna, vagando por las calles; y para encontrarla tan solo hacía falta pulsar un gatillo, y se hacía la magia.

Se pondría a viajar cámara en mano y acabaría instalándose en Valparaíso, una ciudad cubierta por la niebla y los prostíbulos; y empezaría a hacer reportajes. ¿Y quién se iría a fijar en su obra? Pues el MoMA, quién sino. La fama le llegaría entonces rápido, y el mismísimo British Council le brindaría una beca para hacer un reportaje sobre Londres en 1959. El resultado sería de tanta calidad y frescura que Henri Cartier-Bresson, en persona, lo invitaría a entrar en la agencia Magnum (que vendría a ser algo así como el Vaticano de la fotografía). Eso sí, su puesta a prueba no sería fácil: le haría irse a Sicilia y localizar y retratar al capo de la mafia Giuseppe Genco Russo, asesino buscado por la INTERPOL y de quién no existía ni una sola imagen conocida. Tres meses más tarde, Larraín regresaría a París con más de seis mil imágenes de Nápoles, Calabria y Sicília. Entre ellas, medio centenar en las que el capo mira fijamente a la cámara, duerme la siesta y hasta disfruta de un buen plato de pasta junto a su familia. En otras palabras: Sergio Larraín entraría en Magnum por la puerta grande, y dando un portazo.

Para él, fotografiar era sinónimo de estar atento, y de no perderse el detalle de un delicioso rayo de sol rebotando sobre una vieja piedra, o de las trenzas al aire de una niña que vuelve a casa con una barra de pan recién hecho bajo el brazo. Su gusto fue siempre su único criterio, aunque eso nunca significara dejar de ver lo que hacían los demás. Aún así, su carrera en la fotografía acabaría siendo fugaz y, en 1968, volvería a entregarse a ese afán desesperado de rescatar el alma a través de todo tipo de maestros espirituales. Empezaría entonces a escribir sobre ecología, a practicar yoga y a consumir LSD, y dos años más tarde se despediría definitivamente de Magnum, retirando los negativos de sus imágenes de los archivos de la agencia y quemando buena parte de su obra. Una tragedia.

Se acabaría retirando a las montañas, cortando prácticamente todos los lazos con sus amistades y sus relaciones familiares; y se entregaría a la vida del ermitaño, sustentándose a través de la enseñanza del yoga una vez por semana en un gimnasio. ¿Surrealista? Del todo, señores, del todo. Murió en febrero de 2012, a los ochenta y un años de edad y prácticamente consumido por la locura. Su legado, sin embargo, no morirá jamás. Y, su historia, es un reflejo más de lo que fue su vida: el viaje efervescente de una alma inquieta y valiente en busca de la verdad. Quizás la encontrara, quién sabe. Nosotros, por ahora, intentaremos encontrar algo de verdad en las extraordinarias fotografías que ha dejado atrás. T: Raquel Bueno

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