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la flor engañosa: el arte según Nietzsche



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Ilusión y verdad son dos conceptos antagónicos que representan todo aquello que el ser humano tiene en su cabeza: lo que conoce, lo que sabe y las mentiras que se cuenta –o le cuentan- a sí mismo para sobrellevar esas certezas. Es cierto, a veces la verdad duele porque no es como la imaginábamos, así que procedemos a apaciguar esa decepción con pequeños antídotos que nos realzan y nos devuelven esa dosis de optimismo que habíamos perdido ¿Y cuáles son esos antídotos? Nietzsche lo tiene claro: “tenemos el arte para no perecer en manos de la verdad”. Ilusión y verdad del arte (Casimiro libros, 2013) recoge pequeñas cápsulas y fragmentos a través de los cuales el filósofo expresó su visión del arte a lo largo de toda su obra.

El arte es, según Nietzsche, nuestro antídoto. Si hay algo con lo que Nietzsche equipara el arte es con la apariencia, con una creación artificiosa de lo bello. En varios de sus textos afirma, literalmente, que la verdad es fea. Sí, fea, trágica, decepcionante. El conocimiento de las cosas nos lleva a una deriva sin retorno que confirma aquel famoso dicho de “se vive más feliz en la ignorancia”. No es ninguna mentira que el paso de una ingenua niñez a la vida de adulto lleva consigo dos puertas que, de ahora en adelante, permanecerán siempre abiertas: la de la libertad adulta y las infinitas posibilidades, y la de las cargas, las responsabilidades y la descubierta de una realidad menos dulce. Para el filósofo alemán la balanza se inclina más hacia lo segundo y, por ello, introduce un tercer elemento: el arte. Este conocimiento trágico del mundo produce el arte como protección y remedio, hace nuestra existencia más llevadera.

“Si no hubiéramos aceptado las artes e inventado esa forma de culto a lo falso, no habríamos podido soportar el conocimiento que nos facilita hoy la ciencia. La honradez tendría como consecuencia el asco y el suicidio”

Metafóricamente hablando, el conjunto que engloba lo que sabemos es representado por Nietzsche como una flor: el arte y la religión –equiparados a un mismo nivel- representan las flores, mientras que la ciencia y, por tanto, el conocimiento verdadero, no es sino el tallo. ¿Es el artista pues un embustero? Por medio de ellas, afirma, no se comprende mejor la esencia de las cosas. Así, el arte no es más que una suma de superficialidades que nos permiten olvidar por escasos instantes la desdicha de nuestra existencia, tan lamentable que, irónicamente, no sería soportable sin eso a lo que él llama artificio estético.

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Pedimos al arte aquello que somos incapaces de expresar y transmitir en la vida real, es nuestra revancha frente a la escasez vital. Le pedimos que escriba aquellas palabras que no encontramos, que dibuje aquello que no sabemos representar fuera de nuestros pensamientos, que invente y promueva el amor que no podemos dar. “El arte es más valioso que la verdad […] Pero, precisamente la grandeza y absoluta necesidad del arte radica en que crea la apariencia de un mundo más sencillo, de una solución más breve al enigma de la vida […] El arte existe para que no se rompa el arco”

Nadie lo niega: la vida sería triste y opaca sin arte, sin poesía, sin música ¿Podríamos vivir sin arte? Seguramente no. Sin embargo, que arte y ciencia sean a su parecer flor y rama, implica que el arte no requiera de conocimiento alguno para ser creado. Sin ese saber que nos facilita cualquier tipo de ciencia – ya sean números o letras – difícilmente podría el escritor completar sus páginas, el pintor comprender las profundidades de la gama cromática  y el poeta llenar sus versos de sentido, por nombrar solo algunos ejemplos. El arte y el artista se nutren de la ciencia por lo que – y esto ya es una opinión personal – pensador y artista no se encuentran tan alejados. Sin tallo la flor no se sostiene; sin pétalos no brilla, no huele.

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Nietzsche no fue únicamente filósofo, sino que destacó también como poeta. Aún así, tiene algo que decir a los de éste, su segundo gremio: el poeta es un impostor y nosotros unos desconocedores: por eso le adoramos. Lo cierto es que su diana de críticas recurre frecuentemente a sus, aparente e irónicamente, odiados poetas. Cómo se atreven: llenar nuestra mirada con versos, nuestra cabeza de infinita imaginación y nuestro tiempo con los aromas, la textura y la belleza de nuestra mejor flor, la cultura.

Que la cultura sea un velo para el ser humano no implica que se convierta en un encubrimiento de la realidad: todo hombre y mujer debe aprender a mirar a través de él para poder mantenerse más despierto que nunca. En nuestra pequeña flor, arte y ciencia son amparados en la misma maceta. Y si lo que nos preocupa es el seísmo conceptual de la ciencia y las posibles consecuencias que esta pueda tener en nosotros, entonces ¿por qué no? Aferrémonos al arte, dejemos que sea nuestro mayor consuelo y, tal vez, donde ahora solo vemos el duro asfalto que nos han traído el avance y la modernidad, habrá una remota posibilidad de que plantemos un inmenso jardín. T: Andrea Sánchez

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