entrevista: giulia, el paladar de los tellarini

Uno de los directores más importantes del panorama actual, precisamente aquel que no acudió a por un Óscar por estar tocando el clarinete, se enamoró de sus canciones. Giulia es la voz italiana (aunque es políglota) del grupo musical que lleva su mismo nombre, de apellido Tellarini. Antes de dejar el Antic Teatre patas arriba durante su último concierto en Barcelona, Giulia nos invitó una tarde a adentrarnos en su particular mundo. Vive con un perro, que se llama Bambú, con un gato, que reacciona al nombre de Baltasar, y con su inseparable papagayo hembra, Lola (sí, también los tenemos registrados en nuestra grabadora). La voz de la italiana es tan aterciopelada como la lengua de su felino; es delicada, suave, pero también puede llegar a rasgar el alma cuando se pone áspera. Un paladar donde caben todos los sabores y sonidos. Giulia asegura que se ha servido de algunas “chuletas” o consejos de otras artistas, y que es autodidacta esencialmente. Confiesa que se ha apoyado mucho en su confidente de escenario, el acordeón, que le permite situar cada nota físicamente, ayudándola con la voz. Hablamos, sin más dilación, con esta pedazo de artista.

Vuestro cuento es una historia de casualidades… ¿cuál fue la primera? La primera fue el encuentro entre Álex (contrabajo del grupo) y yo; somos pareja, vivimos juntos. Ocurrió hace ocho años, trabajando en una instalación de sonido (yo estaba un poco equivocada en esto…) y ahí lo conocí. A través de este primer encuentro, coincidí con Jens y Maik, que compartían estudio con Álex en Gracia. De ahí nació todo.

Cuéntanos con pelos y señales vuestra anécdota con Woody Allen. Él consiguió nuestro disco gracias a Maik. El verano de 2007 decidió pasar por el hotel donde se alojaba el director (Hotel Arts) y dejarle una copia de nuestra primera maqueta, Eusebio. Ni siquiera lo hizo por voluntad propia, ¡sino porque su novia le obligó a hacerlo! Ella estaba metida en temas de marketing. Después, fue casualidad que Woody Allen, aquella mañana, saliera y encontrara la maqueta, entre toda una pila de discos que tenía a su disposición… Escogió justo la nuestra y vio que todo calzaba a la perfección. Esto ya fue mucha suerte. ¿Lo habéis podido conocer en carne y hueso? Sí, pero es lo que yo digo; me parece haber conocido mucho más al hombre a través de su filmografía que la vez que lo encontramos en la fiesta por la presentación de la película, en l’Auditori, que no dejaba de ser una situación banal.

¿De dónde absorbéis la inspiración? Somos varios los que componemos las letras. Yo me ocupo prácticamente de las letras, y los otros más de la armonía. La melodía la elaboramos juntos. A cada uno nos inspiran cosas muy distintas: tenemos referencias culturales y musicales muy variadas. Por ejemplo, Álex, por su procedencia, él es de Buenos Aires, se decanta por el universo del tango y los cantautores latinoamericanos. Jens y Maik son más propensos a la rumba, el flamenco, y también son aficionados a otros grupos más europeos. A mí me inspira más todo lo que es el repertorio tradicional italiano y francés, las dos culturas con las que he crecido. En el momento culminante en que componemos, todo esto se mezcla. Puedes encontrar un ritmo más de salsa o de bossa nova pero con letras más europeas, y así.

Uno de tus artistas preferidos. Voy cambiando mucho. Como con los colores y la ropa. Mis preferidos son siempre los que descubro los últimos (como todo el mundo, también acabo cansándome). En una época me volvía loca con Edith Piaf, Paolo Conte, Aznavour, Mina. Luego me metí mucho en la onda de la música americana del estilo de Calexico, por ejemplo. También me ha dado por otras artistas americanas de soul. Ahora estoy con una cantante polaca que descubrí gracias al director de una discográfica, se llama Ewa Demarczyk. Ella es muy expresionista, dramática, está entre la canción hiperrealista y el cabaret. Fonéticamente es muy linda. También estoy importando mucha música brasileña, porque uno de nuestros miembros del grupo es de allí, y ahora va y viene a Barcelona. Me encantan las bandas sonoras de películas. Me inclino más por canciones con letra que instrumentales, a día de hoy. Y es difícil encontrarme escuchando metal o electrónica… ¡aunque en el pasado también haya ido a raves!

El grupo imprime heterogeneidad en sus huellas dactilares. Esto se extrapola hasta vuestro estilo. Realmente no tenéis una identidad definida. No pretendemos buscar ningún estilo en concreto. Somos nosotros, y basta. Esto puede resultar arrogante pero no es eso. Tenemos muchas curiosidades y ninguna necesidad de enfoque. Estamos en un mundo tan voluble… que el enfoque se lo dejo a los que lo han encontrado. No voy a presionar para que haya un estilo. Espero que las voces y las manos nos den para muchos más años de exploración musical.

Igual que ‘Eusebio’ estaba dedicado a un artista de Gracia, ¿’l’Arrabiata’ para quién es? Eusebio estaba terminado e intentábamos colocarlo en alguna discográfica (nos pasaba lo que decíamos antes, lo veían inclasificable, como que no podía entrar en el mercado). Y entonces, pasaron los seis meses y llegó la casualidad de Woody Allen. Pero nuestro trabajo no tenía ni título, estaba desprovisto de muchos elementos. Todo surgió muy rápidamente. Entonces vimos que existía esta figura de Eusebio, que también se alimentaba de esta idea del destino, una persona con noventa años que vivía muy despreocupada, y era muy práctica. Se acercó a darme un dibujo, que luego se convirtió en la portada del disco, la misma noche que grabamos Barcelona. Me dibujó un gato, llamándolo “el gato de la suerte”. Y esto se convirtió en nuestro amuleto. Para el segundo disco, ya no teníamos esta idea del amuleto, al no existir la casualidad de Woody Allen. Éramos, somos nosotros. Se llama l’Arrabiata porque es un disco más enfadado. Quizás implícitamente hay una voluntad de boicotear a la mala suerte, ya que todo el mundo sabe que el segundo disco siempre presiona mucho a un grupo. Todos mirarán si lo has hecho mejor que el primero…Hay un mito, aunque tal vez no exista.  Y pensamos, mejor que nosotros nos “arrabiamos” (enfadamos) antes, por si acaso (risas). Así, si llegan malas críticas o no funciona, no nos hará falta volver a poner mala cara. Por otra parte, hay muchas motivaciones: l’Arrabiata suena a La Travista, es un disco muy dramático en sus canciones, muy épico, de contar una historia dentro del mismo disco. Las canciones están enfadadas porque hay algo de protesta, ya que los tiempos son distintos de cuando hicimos el primer trabajo. Estamos más despiertos, queremos cambios. ¿Por qué os quejáis en concreto? Bueno, nuestras protestas son siempre bastante optimistas. Un ejemplo de que son bastante absolutas, de que no intentan solucionar nada, es El gato de mi vecina (que en realidad es el mío); la idea de que su dueña no le da de comer, por lo que el cielo le envía cosas, hay palomas en su patio por la mañana. Todo esto dicho de manera muy irónica. Si hay algo en común con Woody Allen, aunque no pretendo decir que tenemos la misma lucidez o sarcasmo, es que abordamos temas difíciles y polémicos con auto-ironía y risa. Un músico tampoco tiene pretensiones de dar soluciones (risas).

 ¿Woody Allen siempre llama dos veces? Dos años después de Vicky Cristina Barcelona. Para la película siguiente no, la otra, You Will Meet a Tall Dark Stranger, (Conocerás al Hombre de tus Sueños). Nos compró los derechos para otra música, esta vez instrumental (Mais si l’amour). Nos hizo mucha ilusión que hubiera vuelto a escoger una pieza del mismo disco, porque significa que realmente le gustó.

¿Hay realmente algún instrumento que no sepáis tocar? Sí, claro. Aunque es verdad que, entre el estudio de grabación de aquí, de mi casa, y el otro que tenemos en Gracia, hay muchos instrumentos, algunos de los cuales no tocamos; violonchelos, violines, vibráfonos, xilófonos, de todo (risas). Pero luego, en directo, a parte de los músicos colaboradores que pueden acompañarnos por ejemplo tocando el trombón, somos dos guitarras españolas, la eléctrica, el charango, que es un instrumento tradicional de Bolivia, un contrabajo, el set de percusión y una batería jazz reducida, acordeón, trompeta, flauta travesera y saxo. Pero se podría mucho más; el trompetista podría tocar la corneta, o incluirse teclados pequeños… Claro, pero no te dan las manos. Y cada concierto tiene un gran peso, también a nivel económico.

¿Las comparaciones son odiosas? No me han comparado con tantas voces, como tengo una que irrita mucho… (risas) Es una voz que, o te entra, o no te entra. ¡Pero me parece bien que haya gente que no me tolere en este sentido! Al menos no se quedan en el medio tibio. Hay gente que escucha el disco y dice, “¿pero, por qué le habéis puesto esta voz a la música?” (risas). Piensan que chillo, que mi voz es la de una niña. Yo pienso que es buena porque es un rasgo distintivo del grupo.

¿Punto fuerte? Me puedo equivocar muchísimo, pero soy muy espontánea. No es como cuando alguien canta un repertorio y no se puede salir de unas referencias. Para mí, al contrario, prima el momento, el concierto, porque para la perfección ya está el disco. Me gusta jugar con los elementos de cada concierto, porque hay muchos parámetros que cambian de uno a otro. Cuando vas de gira, cada noche siempre es especial, distinta. Desde el público que viene, hasta el ver quién está en primera fila, las luces… El calor, el frío… ¡La comida que te han servido antes! Como en la vida me encuentro despistada en muchos aspectos, en el escenario me siento muy presente.

Tiene que haber un talón de Aquiles… Pues, en relación con lo anterior precisamente, llegar a mantener cierta distancia con el momento presente. Lo perfecto para mí sería estar en el instante y, a la vez, estar detrás, mirándome a mí misma, controlando lo que hago. Me encantaría ser capaz de canalizar todo muy bien. La energía es muy buena, nunca me falla; poder controlarla y llevarla a mi favor sería lo idóneo. Cuando esto no ocurre, y el descontrol desborda, es sucio. ¿Y esto no gusta al público en cierta manera? Sí y no. No a todos. Hay gente que logra ser fresca, espontánea, pero sabiendo lo que hace, controlándolo, porque hay profesionalidad. Las grandes artistas que, sí, pueden equivocarse, pero saben dónde y por qué ha pasado. Los opuestos son muy lindos, no basta con lanzarse al escenario. La gente quiere esto. Siempre hay que guardarse un poco de ego para una misma. Y existe un público que pide formalidad y hay que dársela, para evitar crear el vacío. A veces me gustaría tener esa solidez, demostrarla, porque detrás de Giulia y los Tellarini hay mucho trabajo, eso seguro.

Por Marta Rosella