
La chica de la portada puedes ser tú en un ataque de revolución anticapitalista llegando desde Cibeles a la Puerta del Sol hace menos de una semana. Probablemente esa seas tú cuando te levantes por la mañana a las siete y estés dudando durante quince minutos si ducharte, lavarte los dientes, prepararte unos panes con tomate o autodespedirte.
Alberto Olmos, uno de los últimos eruditos de la narrativa española y literato formado en crítica periodística, análisis social y decadentismo antológico (esto último casi), acaba de publicar en Mondadori Ejército Enemigo, un alegato de curiosa actualidad en el que los personajes merodean desde sus menudencias más precoces cuestiones como la política, la moralidad o el disfraz del propio discurso al servicio de una exploración intravenosa que sirve como centrifugadora de ideas elaboradas en un evento de Facebook. La historia es sencilla y no: no porque Santiago sea un “publicista en decadencia” como reza la sinopsis de Ejército Enemigo, sino porque las bajas pasiones de la juventud (por ejemplo, del post-15M) podrían ser la punta de lanza para comprender el análisis sociopático en el que Olmos deposita toda la integridad y gratitud de una temática literaria tan pura y honda como profunda y polivalente. El escritor segoviano utiliza un formato de narrativa técnica, casi como un confesionario en formato omnisciente en el que utiliza rasgos de diario íntimo casi en clave morse, el lenguaje SMS (ahora What’sApp?), la parodia a los conceptos de marketing publicitario y comunicación (brianstorming, confesiones de filias culturetas, omisiones premeditadas), cosas de realismo sucio (pajas, semen, folladas por el culo y goteo-obsesivo-sexual) y lucha de infiernos ventriculares de sí mismo: la batalla de su propio ejército contra él mismo. Ángeles en el oído derecho; demonios en el izquierdo (o viceversa): la batalla la emprende él. El ego, que dirían en Cibeles. Y sí, Santiago es un publicista venido a menos al que se le acaba de morir su mejor amigo. Heredar una cuantiosa herencia por parte del difunto plantea conflictos morales que chocan libremente con cuestiones como el discurso y militancia política, hasta dónde llega el activismo, cuál es la labor que la juventud emprende dentro de una amalgama de fundamentos sociales que van más allá del “versus” y la contrariedad y, sobre todo, cuánto vale la ética de las personas. Omitir no es precisamente transgredir, recoger y tomar no siempre es un acto de la inercia pura. La vida puede ser maravillosa, ya lo dijo Andrés Montes: ¿realmente puede serlo a día de hoy? T. Alan Queipo.





















